Imperio Sasánida (224–651 d.C.)
El Imperio sasánida nació de una revolución interior. Ardashir I, último rey de la dinastía de Persis y heredero de la tradición aqueménida, derrocó al Imperio parto en 224 d.C. y fundó una nueva potencia que habría de dominar Oriente Medio durante más de cuatro siglos. Lo que los partos habían construido de forma descentralizada y heterogénea, los sasánidas lo rehíicieron desde los cimientos: un estado fuertemente centralizado, con una burocracia eficiente, un ejército profesional y una religión de estado, el zoroastrismo, como columna vertebral de su identidad.
En su momento de mayor expansión, el imperio controlaba un territorio que abarcaba el actual Irán, Irak, Azerbaiyán, Armenia, Afganistán y partes de Turquía, Siria, Pakistán y Asia Central. Su influencia comercial se extendía por todo el océano Índico, controlando tramos decisivos de la ruta de la seda tanto por tierra como por mar. Durante siglos fue el gran rival de Roma primero y de Bizancio después, protagonizando conflictos que marcaron la historia de toda la Antigüedad tardía.
Injustamente olvidado frente a sus vecinos mediterráneos, el Imperio sasánida fue una de las civilizaciones más sofisticadas de su época. Sus avances en medicina, astronomía, filosofía y arquitectura fueron notables, y su arte —especialmente la orfebrería, los relieves rupestres y la seda— influyó profundamente en las culturas islámica, bizantina y centroasiática. Figuras como Shapur I, Cosroes I o Cosroes II se cuentan entre los grandes gobernantes de la Antigüedad, capaces de rivalizar en poder y ambición con cualquier emperador romano o bizantino de su tiempo.
El sistema monetario sasánida se articuló en torno a la dracma de plata: una moneda de gran diámetro —en torno a 30 mm— pero extraordinariamente fina, con el retrato del rey en el anverso y el altar del fuego zoroástrico en el reverso. Una iconografía inconfundible que se mantuvo con notable coherencia a lo largo de más de cuatro siglos de acuñación. Junto a la dracma circularon el hemidracma, el óbolo y, especialmente en los primeros reinados, el tetradracma de cobre. En oro se acuñó el dinar, moneda de prestigio cuya influencia llegó hasta el sistema monetario islámico. Sus diseños marcaron una época e influyeron en numerosas culturas posteriores.
El imperio llegó a su fin en 651 d.C., cuando las fuerzas del califato islámico completaron la conquista de sus territorios tras más de una década de guerra. Con él se cerró el último gran capítulo de la Persia antigua, aunque su herencia cultural sobrevivió ampliamente en el mundo islámico que lo sucedió.