El Imperio Kushán fue un poderoso estado sincrético que existió entre los años 30 y 375 de nuestra era, alcanzando su mayor esplendor entre el 105 y el 250 d. C.. Surgió a partir de la tribu de los yuezhi, un pueblo nómada de Asia Central que llegó a dominar una vasta región que abarcaba territorios hoy pertenecientes a Afganistán, Pakistán, el norte de la India, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Irán y partes de China.

Durante su apogeo, el imperio fue uno de los grandes poderes del mundo antiguo, funcionando como puente comercial y cultural entre las civilizaciones romana, china, parto y sasánida. Los Kushán promovieron el comercio a través de la Ruta de la Seda, favorecieron la expansión del budismo y reunieron influencias religiosas como el hinduismo, el zoroastrismo y el maniqueísmo.

La capital principal fue Bagram (Afganistán), aunque también gobernaron desde Peshawar, Taxila y Mathura. Su gobierno era una monarquía y una sociedad con gran diversidad étnica y cultural. La importancia del Imperio Kushán se reconoció gracias a hallazgos numismáticos y arqueológicos (como el tesoro de Bagram) , así como fuentes históricas indias, griegas y especialmente chinas. 

"A pesar de la eficacia de su administración, apenas han dejado testimonios escritos, porque la lengua que hablaban se transmitía únicamente de forma oral. Las leyendas de sus monedas solían estar en griego, o en alguno de los dialectos de la India." (Eva Tobalina. Los caminos de la seda. La esfera de los libros. 2024. pag. 185)

El legado kushán permanece en la historia antigua como modelo de integración y tolerancia religiosa, de sólida expansión comercial y de fomento del arte y la cultura.

 

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