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Casi cincuenta años de inestabilidad radical: emperadores que duran semanas, ejércitos que se proclaman soberanos en provincias remotas, cecas que se multiplican para pagar a las tropas, y una plata que se degrada hasta casi desaparecer. Las monedas de la Crisis son documentos de urgencia —acuñadas deprisa, con metal escaso, en cecas improvisadas— y esa precariedad es hoy parte de su valor histórico.
Para el coleccionista serio, este período es territorio fascinante y exigente a partes iguales. Hay emperadores cuyo reinado no superó los tres meses y cuyas emisiones son extremadamente raras. El antoniniano de vellón —plata apenas de nombre— es el fósil monetario de un Imperio que se busca a sí mismo. Aureliano cierra la etapa con la reforma del 274, uno de los intentos más interesantes de restablecer la confianza en la moneda.